Un día como hoy hace 526 años, dos carabelas y una nao llenas de españoles hambrientos y enfermos al mando de un italiano sucumbían ante la desesperanza. Probablemente, Rodrigo de Triana estaba en alguna parte de su embarcación, pensando en una forma digna de suicidarse, sin pensar que pasaría a la historia como el primer hombre -del siglo XV europeo- en ver una tierra incógnita, escondida por el Atlante.

En cuestión de horas, se descubriría América, y se abriría uno de los más sorprendentes capítulos en la historia de la humanidad. La forma tan execrable e ignominiosa en la que unos trataron a otros creyéndolos animales, quizá no se justifique nunca, a pesar de que llevaban consigo una “civilización superior” y nos trajeran “el progreso”.

La historia no se basa en lo que no sucedió, pero cabría preguntarse si estaríamos mejor sin que los europeos hubieran descubierto nuestro continente. Diversos episodios en la historia latinoamericana después de la independencia intentaron imaginar esos escenarios y tratar de superar lo que se ha dado en llamar “la leyenda negra” española, esto es, la elaboración de un mito en torno a la crueldad y despotismo del imperio español en sus colonias en todo el mundo durante toda la Edad Moderna. Desde México al norte y desde los países de la esfera regional que Bolívar llamó “la Patria Grande” en el sur, los Estados latinoamericanos construyeron repúblicas liberales con más o menos éxito y entraron al siglo XX entre diversos procesos de injerencia externa de Inglaterra primero y Estados Unidos después. La pregunta para los intelectuales latinoamericanos, de derechas o izquierdas, ha sido la misma: ¿qué tan independientes somos 500 años de aquellos sucesos que desencadenó el viaje de Colón? ¿Qué tanto nos alejamos de ese encuentro tan impactante?

Aunque se superaron las dictaduras militares de la Guerra Fría, las reminiscencias republicanas del siglo XX y entramos en lo que algunos intelectuales denominan “la larga noche neoliberal”, lo cierto es que América Latina sigue siendo un caleidoscopio itinerante entre un pasado colonial que nunca terminamos de empezar y un futuro que nunca llegó a ser.

Los populismos de derecha enarbolan banderas xenófobas y racistas propias de los españoles que dividieron a las sociedades coloniales entre negros, indígenas y criollos/peninsulares, como si estuviéramos en 1542. En todo el continente, las mujeres están construyendo redes complejas y vanguardistas luchando por la igualdad de género y poniendo a la región en el ojo del mundo, a la altura de referentes análogos en Europa y Estados Unidos, en una región que antes de la llegada de los europeos estaba poblada por culturas socioculturalmente más tolerantes con la diversidad sexual y la mujer. También, desde el río Bravo hasta la Tierra del Fuego, cientos de miles, tal vez millones de indígenas pelean por defender los últimos reductos naturales vírgenes, ambientes prístinos que el capitalismo no ha terminado de destruir. Llevan cinco siglos peleando por una tierra que les fue arrebatada y expoliada, pero que siguen reivindicando como suya igual que el primer día.

El mestizaje colonial latinoamericano ha exportado deportistas, artistas, movimientos culturales y políticos, así como también símbolos a todo el mundo. El eslogan ochentero de que América era el continente de la esperanza nunca ha pasado de moda, en un mundo multipolar que se cae a pedazos y en donde cada vez más naciones se pelean por el liderazgo de una humanidad homogénea en tanto que diversa. Los habitantes de Turkmenistán, dice Salman Rushdie, no se reconocen a sí mismos asiáticos. Los cubanos y los uruguayos, como decía Eduardo Galeano, aunque no se conozcan, se llamarán latinoamericanos donde sea que se encuentren.

¿Hubiéramos estado mejor si no hubiéramos sido “descubiertos” por los españoles? No es la pregunta que deberíamos contestar. ¿Podría el mundo ser lo que es sin América Latina? Sin duda, no. Seguiremos aquí, en este eterno descubrimiento de lo que somos y que sigue maravillando al mundo como los primeros días después de aquel 12 de octubre de 1492.

 

Opinión de José Carlos Cardona Erazo

Historiador y profesor universitario.