Viendo el enorme poder popular desplegado en París en las últimas semanas, nos obliga a pensar más allá de las causas que han provocado tal reacción. El neoliberalismo tiende a generar condiciones desesperantes para los pueblos, y no debemos creer que esto disminuirá en el futuro. El pueblo de París, no es una “rebelde casual”, tiene historia. Todos recordamos la revolución francesa, o la Comuna de Paris, o el Mayo glorioso.

Los manifestantes parisinos, han utilizado muchas consignas, y símbolos, entre los que llama mucho la atención una guillotina, destina a recordar a los que gobiernan la gloria de los jacobinos y de los comuneros. Si nos atenemos a los tiempos, veremos que París se subleva, como corresponde a la soberanía popular, cada siglo. Esto nos lleva a pensar que los pueblos necesitan radicalizarse contra sus enemigos, para recordarles sus límites, para marcar la ruta que deben seguir.

Y esa expresión permanente de la lucha de clases, que alcanza el paroxismo en muchos momentos. Nos habla de la necesidad de los oprimidos de levantarse con fuerza, dejar atrás su condición de víctima cotidiana, y convertirse en un guerrero implacable. Esa lucha entre los pocos que oprimen, saquean y asesinan, y los oprimidos permanentes, se expresó ayer también en México, donde todo el pueblo celebra, evocando a Juarez, a Villa, a Zapata, a Cárdenas, porque la historia victoriosa existe, y no se debe olvidar nunca.

No sorprende que en Honduras, los medios de los opresores nos digan todos los días que debemos olvidar. Que lo del golpe ya aburre, que solo hay que ver adelante, o que en este país todos somos iguales. Son víctimas los pueblos que son incapaces de honrar a sus muertos, que no sienten orgullo por el legado de sus héroes, los que se olvidan de las injusticias y de los crímenes. Por esa razón, no debemos nunca seguir a aquellos que en nombre de la Paz, nos quitan la tierra, el alimento, el techo, y además nos azotan cuando protestamos.

Como la oligarquía hondureña no es solamente brutal contra nuestro pueblo, sino que es ignorante, y solo repite lo poco que estudia, las ideas llegan tarde siempre. Todavía invocan el fin de la historia y la muerte de las Ideología de F. Fukuyama, a pesar de que este personaje es un apostata militante de su propia tesis. También nos acusan de incitar al odio de clases, que no existe porque nosotros lo mencionemos, sino por su soberbia y su codicia sin límites. Sin la injusticia y la desigualdad las que irremediablemente llevan a los pueblos a radicalizarse, eso pasa en Honduras

Algunas personas creen que ellos pertenecen a una clase privilegiada. Que no son proletarios y por ende no existe la lucha de clases, sino el amor y la caridad de los que más tienen y la felicidad del derrame. Pero hoy los oprimidos en nuestro país son millones. Profesionales universitarios sin futuro ni esperanza, padres que trabajaron toda su vida para que sus hijos conocieran la falacia de la movilidad social, a final de cuentas, solo actúa como la gravedad, hacia abajo.

Ya la incertidumbre no es exclusividad del campesino, y el hambre no es tan remota para la clase media. En cualquier caso, la gran libertad de comprar lo que quieran que los alivia, no es más que una ilusión que muere cada vez que visitan una tienda de marcas. Cuánta gente no se viste hoy en la famosas pacas, con ropa de segunda. Celebramos la libertad de escoger qué desperdicio compramos. Lo único seguro es que nunca encontraremos a las celebridades del país compartiendo esta suerte con el pueblo.

El pueblo hondureño tiene frente a si un gran reto, derrotar una narcodictadura impuesta por Estados Unidos y sostenida por la oligarquía pestilente. Para ello está obligado a NO OLVIDAR jamás, honrar nuestros mártires y nuestros héroes, y escupir el rostro de quienes profanan nuestra historia, especialmente aquellos mercenarios de las ideas, que se venden al mejor postor, defienden narcotraficantes y le dicen estúpido al pueblo.

Igual que el pueblo de París, es imperativa la radicalización, especialmente los jóvenes, cuya misión marcara claramente el General Morazán, esos jóvenes une necesitan hoy garantizar que tendremos futuro. Ya no es tiempo de medias, tintas, ni de diálogos de cúpulas, es momento del pueblo, del levantamiento de los oprimidos para terminar con la opresión. Eso es lo que nos muestra la historia, aquí, en México o en París, en cualquier parte de la tierra.