El llamado a la insurrección hecho por el Coordinador General del Partido Libre, José Manuel Zelaya, marca un instante trascendental en nuestra historia. Nuestro proceso de cambio da un salto hacia adelante. Mientras la dictadura y su bipartidismo se ahogan en su propia materia fecal, el pueblo es llamado a integrarse a la lucha definitiva. Por supuesto, como en cualquier otro momento la pregunta que salta de inmediato es ¿Qué hacer?.

Primero, debemos decir que la insurrección y la lucha armada no son la misma cosa. Muchos, algunos confundidos, y otros al servicio del régimen, establecen una relación de igualdad entre ambas que no existe. La insurrección, es un proceso de acción que va ganando organización en muchos niveles de la actividad social, mientras la lucha armada se ventila en el campo estrictamente militar, en donde el objetivo es derrotar definitivamente al enemigo armado. La insurrección se produce en la economía, en el arte, en el lenguaje, en el ámbito de la cultura; por tanto, la insurrección abarca a todos los sectores de la sociedad.

Por supuesto, la movilización popular es parte de la lucha insurreccional pero eso no basta para alcanzar la meta inmediata de terminar con la dictadura. Es necesario adoptar una posición de abierta desobediencia al régimen ilegal y fraudulento, expresada en lo económico por acciones contundentes como: detener el pago de impuestos, dejar de comprar productos en empresas que apoyan y sostienen al régimen, quitar la confianza a los bancos, es decir no ahorrar en ellos y sacar todo tu dinero. No pagar la energía eléctrica, ni el servicio de agua potable, frenar toda forma regular de pago. Aquí podemos llegar a ser muy creativos.

Muchos piensan “pero si no pago la energía, me la cortan”. En efecto, pero ante una acción masiva, es decir miles que no paguen, tiene un impacto económico brutal, en el que los cortes no son solución. El mayor impacto económico no viene de la destrucción de locales, eso lo saben ellos, por eso dejan que evolucionen los saqueos y la destrucción de sus propios negocios, y incluso los organizan y pagan. Por supuesto, es mejor si cada barrio, aldea, o centro poblado están organizados, de forma que ni los niños ni los adultos mayores sufran mayores dificultades.

La cultura es también campo de insurrección, ahí donde renunciamos al consumismo, a la compra de cosas que no necesitamos. La sola baja en la compra de teléfonos celulares nuevos, tendría efectos significativos. Rechazar el pago de cualquier cosa en dólares, y no efectuarlos. Construir poesías, canciones, y teatro y insurrectos, que persigan fines pedagógicos, que nos enseñen mientras no divertimos. La insurrección es una expresión de alegría popular por la inminente muerte del sistema opresor y el advenimiento inevitable de lo nuevo, de eso que juntos hemos forjado.

La organización de comités, debe encargarse de todos los aspectos como la salud, las comunicaciones, la información, estén disponibles para todos y todas en tiempo y forma. Esos comités deben estar prestos a desmontar las distracciones mediáticas, y mantener la concentración de los grupos en las tareas cotidianas. Todo el país en insurrección implica la existencia de miles de estos comités. La información es asunto central para la victoria.

Mientras todo esto sucede, las organizaciones de masa llevan a cabo labores más complejas, día a día, que tiendan a debilitar al régimen, y, al mismo tiempo, a mostrar al mundo su naturaleza bestial. No debemos pensar que el régimen abandonará la represión como respuesta, al contrario, mientras más feroz se pone su aparato represivo, más debilitado se encontrará la estructura criminal entronizada en el estado.

He escuchado mucha gente pidiendo órdenes de acción, demandando instrucciones de sus líderes. En general, el guía de la oposición en insurrección, Manuel Zelaya, ha sido categórico. Posiblemente la disposición del resto de dirigentes será diversa, algunos son obviamente más militantes, mientras otros prefieren adaptarse a los métodos tradicionales del poder, esos que tantas traiciones le han costado a nuestro pueblo. Pero aquí, es necesario pasar a la construcción de nuevos liderazgos, que surjan en el fragor de la lucha, entre hombres y mujeres jóvenes cuyo mayor compromiso sea determinado por su amor al pueblo hondureño.

La insurrección debe suceder todos los días, a veces con mucho ruido, a veces en el mayor de los silencios. Debemos estar listos porque nos dirán de todo. La ley está representada en Honduras por los forajidos, en consecuencia, que ellos nos acusen de lo que sea es irrelevante. Es tiempo de dejar de ser víctimas, debemos ser combatientes. La normativa, la ley, y todas las patrañas que usan para sojuzgarnos, son inservibles si no se aplican por igual a todos, entonces más que leyes, necesitamos un sistema justo, un sea capaz de administrar esas leyes, y garantizar que ningún criminal volverá nunca más a tomar la patria como rehén.

Insurrección Ya, la hacemos todos y todas, organizándose, acorralando a la bestia.

En todas partes del país podemos encontrar técnicos electricistas desempleados que son capaces de reconectar la energía. Se activa, la economía solidaria.

Imaginemos por un momento que volvemos a los tamales navideños y dejamos de comprar pavos y otras cosas importadas. O que renunciemos a los estrenos de marca, y damos regalos más útiles y significativos.

En pocas palabras, la orden, la instrucción, la guía, ya han sido giradas, así que, manos a la obra.