Sobre cartones, pedazos de plástico o sobre las maletas, los centenares de niños, niñas, madres, padres, abuelas, abuelos, pernoctan en la gran terminal en San Pedro Sula, Honduras. La caminata será larga mañana. Saldrán de madrugada con sus esperanzas en el hombro. Buscan un futuro mejor para sus familias. Buscan lo que en su país se les niega.

La noche está fresca pero huele a tristeza, ansiedad y desesperanza. Familias enteras que duelen al verles dormir sobre ese helado y duro piso de una estación de buses. Son centenares de niños que juegan ajenos a lo que viven, a lo que les espera a partir de mañana cuando unos 700 migrantes inicien el camino hacia hacia Tapachula, donde pedirán una visa humanitaria que les ayude a permanecer en México. Muchos decidirán intentar cruzar hasta la los Estados Unidos, otros afirman que se quedarán buscando trabajo en México.

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Son realidades individuales distintas, pero todos coinciden en que huyen de la falta de oportunidades en Honduras, otros de la violencia que atenta a diario sus vida. Son nuestros hermanos hondureños que intentarán hallar fuera de su país una vida mejor.

Quien aparece en las fotos es un médico de nombre Pablo Orellana. Tuvo a bien ir a la zona, revisar a los niños y darles medicamentos para el viaje. Vale la pena destacar su humana labor.

Reportaje de Claudia Mendoza.