La acumulación de desechos espaciales se ha convertido en uno de los mayores retos para la seguridad orbital. Según datos de la Agencia Espacial Europea (ESA), más de 1,2 millones de fragmentos de más de un centímetro orbitan la Tierra, y cerca de 50.000 superan los diez centímetros. Estos restos incluyen satélites en desuso, partes de cohetes y otros materiales que representan una amenaza constante para las operaciones espaciales.
Jan Siminski, miembro del Equipo de Basura Espacial de la ESA en Darmstadt, advierte que existe una concentración especialmente peligrosa entre los 700 y 800 kilómetros de altitud. En estas zonas, las nubes de escombros pueden permanecer durante siglos y aumentar por colisiones, generando aún más fragmentos. “Un objeto de apenas un centímetro puede destruir un satélite, liberando la energía equivalente a una granada de mano”, explicó.
A pesar de la vigilancia permanente, detectar fragmentos pequeños sigue siendo un desafío. Los sistemas de radar terrestres solo logran identificar objetos del tamaño de una pelota de tenis, lo que deja innumerables piezas más pequeñas sin monitoreo.
Frente a este escenario, el joven ingeniero Askianakis decidió buscar una solución desde sus primeros años de carrera en la Universidad Técnica de Múnich. Tras varios intentos fallidos de encontrar colaboradores, una reflexión durante sus vacaciones en Creta le llevó a una idea clave: tratar la basura espacial como un problema que debía gestionarse comercialmente.
Su propuesta consiste en lanzar un satélite equipado con un radar de alta sensibilidad y algoritmos avanzados capaces de detectar fragmentos de uno a diez centímetros, algo nunca logrado antes. Con esta tecnología, sería posible obtener una visión completa de los desechos en órbita. Más adelante, el plan contempla el uso de sondas con brazos robóticos para retirar los fragmentos de mayor tamaño.
Una reunión con representantes de Airbus reforzó su iniciativa. La compañía reconoció la urgencia del problema y celebró que alguien trabajara en una solución práctica. “Ahí entendí que tenía que fundar mi propia empresa”, relató Askianakis. Así nació Proyecto-S.
La puesta en marcha coincidió con la entrada en vigor de la nueva legislación espacial de la Unión Europea, que obliga a los operadores a responsabilizarse por los residuos generados por sus satélites. Esta normativa abre la puerta para que proyectos como el de Askianakis se conviertan en parte esencial de la infraestructura espacial del futuro.