“Cold War”: amor en los tiempos grisáceos

En los últimos años, del corazón del cine polaco ha salido un cineasta que ha reflejado mejor que nadie la historia de su país desde mediados del siglo XX, cuando Polonia se enfrentaba a los cambios que suponía la crisis social de la posguerra y el eventual alzamiento de la cortina de hierro.

Lo que filma este director, en esta etapa de su carrera, siempre está impreso con un blanco y negro preciosista que suscita emociones complejas, con un inmaculado control compositivo del encuadre, con silencios expresivos que, a veces, se yuxtaponen con miradas y una música sensitiva que comunica desilusión. Los personajes que habitan su microcosmos son muy humanos y buscan respuestas a cosas tan simples como el amor, la soledad y los pormenores sociopolíticos del período. Me refiero, por supuesto, a Pawel Pawlikowski, el director de obras tan hermosas como la memorable “Ida” y, ahora, recientemente, “Cold War”, película que representa su mayor grado de madurez estética.

Con esta película, Pawlikowski cincela un romance poético, desgarrador, melancólico, sobre un hombre y una mujer que se aman demasiado, pero que son víctimas de unas circunstancias que simbolizan la ruptura de un país azotado por las ideologías políticas del autoritarismo, del que no pueden escapar e impide que estén juntos durante varios años.

Con ellos, nos traslada por la época de los años cuarenta, cincuenta y sesenta bajo atmósferas grisáceas que ilustran la desesperación y el inevitable dolor interno al que se enfrentan los protagonistas, desplazando sus escenas, sutilmente, por la Polonia controlada por el estalinismo, por los cabarets franceses adornados de un ambiente de jazz, por la rígida Yugoslavia en tiempos de Tito. Hay fiestas, arte, pesadumbre, conminación.

El clima de su cinta describe una tensión política que se encuentra dormida en el fondo de un Estado autoritario, pero que, indirectamente, ayuda a compensar el embrollo idílico al que se exponen la bella Zula y el taciturno Wiktor, los amantes pasajeros que sufren una desdicha irremediable.

Ellos se conocen en el año 1949 en Polonia, en un grupo de danza folclórica que ensaya un acto para rendir homenaje a las tradiciones polacas de una comunidad rural. Allí, Wiktor Warski (Tomasz Kot) es un reputado pianista que ha sido contratado para dirigir la composición de la obra y supervisar en la audición a las bailarinas que van fichando, entre las que se encuentra Zuzanna “Zula” Lichon (Joanna Kulig), una muchacha talentosa que sabe bailar y cantar, pero que tiene un pasado siniestro que pone en jaque sus posibilidades de ingresar al grupo de danzadoras.

Wiktor, encantado por la presencia de la escultural mujer, consigue que la contraten. Y allí, tras bastidores, poco a poco, se enamoran con la mirada, los gestos, los pensamientos. Se besuquean, tienen sexo, todo parece placentero. Sin embargo, cuando los camaradas soviéticos se acercan al grupo para imponer una mezcla de arte polaco con panfletos estalinistas, Wiktor se niega a participar y deserta hacia Berlín Occidental y, penosamente, se separa de Zula, quien decide quedarse.

Con el paso de los años, el Wiktor y Zula se siguen viendo en el exilio en los países que recorre la orquesta para difundir su arte propagandístico. Y la mecha de su romance no se extingue. Ambos figuran la metáfora del sentimiento autóctono polaco, evocando la unificación de una cultura identitaria que se encuentra fraccionada por los regímenes totalitaristas que recurren a la manipulación política más endemoniada para suprimir el arte popular, pero que, con el tiempo, volverá a estar unificada.

Mezclan su pasión con la música para tratar de olvidar los escenarios sociales y políticos que despojan sus ánimos de autonomía. En cada reencuentro, su libertad se halla entre el cariño y el arte que es, a la vez, el único medio de escape para evaporar sus penas y sentir ese apego que los pasea por la tristeza, los líos maritales, las discusiones, la ternura, la catarsis.

Wiktor y Zula están interpretados con mucha finura dramática por Tomasz Kot y, especialmente, por Joanna Kulig. Tomasz interpreta a Wiktor como el hombre solitario que recurre a tocar el piano para estampar lo que siente, alguien que con el atisbo transmite la impotencia de no estar junto a la mujer que ama, pero que cambia a una cara de regocijo efímero cuando la tiene de frente. Por otra parte, Joanna, es demasiado buena frente a los planos de Pawlikowski.

Su actuación es muy eutrapélica cuando su Zula expresa el desconsuelo de un pasado agridulce, la angustia de no estar con la persona que quiere, la soberbia producida por los celos en estado de ebriedad, sentimientos que sabe aligerar cuando también se escuda en el canto para disminuir las aflicciones. Los dos se sienten orgánicos, sobrios, con una química que se vuelve muy empática en todas las escenas.

Pawlikowski encuadra la película con un tratamiento formal que esculpe una imagen de gran factura visual. Su magistral uso del blanco y negro, de la elipsis y del montaje revela las sensaciones de los protagonistas y convierte una narración tan sencilla en algo sublime, vigoroso y muy poético; componentes que se acrecientan con una música espléndida que simboliza las dicotomías de dos frentes ideológicos muy diferentes que se reparten la cultura musical entre el jazz, el rock y la música clásica. Habla sobre el amor más profundo que supera los anclajes del tiempo, los regímenes implacables que suprimen el arte con la propaganda política, los seres queridos que, como los vientos que golpean las hermosas sabanas polacas, han partido hacia otro campo para ser felices por toda la eternidad.

El sofisticado tonelaje que tiene para crear escenas íntimas me ha sacado lágrimas de enternecimiento, es una película muy emotiva.

Ficha técnica
Título original: Zimna wojna
Año: 2018
Duración: 1 hr 28 min
País: Polonia
Director: Pawel Pawlikowski
Guion: Pawel Pawlikowski, Janusz Glowacki
Música: Marcin Masecki
Fotografía: Lukasz Zal
Reparto: Joanna Kulig, Tomasz Kot, Agata Kulesza, Borys Szyc
Calificación: 8/10

Por Yasser Medina
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